Comodidad incómoda
La vida te pone incómodo en los lugares donde te acostumbrás a vivir mal.
Cuando te das cuenta, lo único que podés hacer es cambiar, y el cambio —bueno o malo— te hace crecer.
Naturalmente, yo cambié. Tal vez para peor. Eso lo aprenderemos después.
Uno paga la cuenta al retirarse, no antes.
La vida te forja a fuego lento, te moldea sin que te des cuenta y te va empotrando en un molde preexistente.
A mí siempre me resultó incómoda mi propia piel. Nací con la sensación que no era mia, que me era extraña.
Y tuve que caminar hacia otro lado, pero no huyendo.
No, lo mío fue más bien… una rotación.
Cuando me fui de la comodidad incómoda, me iba intentando no irme del todo.
Había pasado el tiempo que me había permitido vivir para sentirme viva.
Siempre concebí la idea de morir jóven. En mi cabeza iba a formar parte del club de los 27. Ese era mi tiempo límite.
Pero cumplí los 28 y no había hecho nada.
Aun cuando había alcanzado un momento prime en mi vida: un trabajo en blanco, permanente y exigente; solvencia económica y una mejoría en mi calidad —o expectativa— de vida.
Todo iba bien, pero a la vez todo se sentía muy vacío.
Fueron descendiendo mis ganas con el paso del tiempo.
Estaba triste, y como defensa, me enojaba.
Porque es más fácil hacerles creer que yo soy el problema, que explicar por qué todo me duele tanto.
Pastillas por depresión y ansiedad. Pérdida de peso por no tolerar la medicación. Ansiedad y más ataques de pánico me llevaron a preguntarme por qué lo hacía.
La respuesta es —y será— siempre la misma:
Había hecho una promesa.
Y quería mantenerla.
Iba a vivir.
Pero no solo a mantenerme respirando.
Quería saber qué más podía ser.
Quería reconocerme en el espejo.
Sentir que esta piel que me abraza el alma era mía, y dejar de querer arrancármela.
Tenía miedo.
Allá afuera estaba la luz de algo que podía ser paraíso o infierno.
Pero mi mejor vida siempre fue no saber dónde iba a estar, que iba a hacer o si todo saldria mal.
Y la verdad, ver el mundo por una ventanilla o recorrer los arroyos descalza sonaba mejor que nunca ver el sol y tragar pastillas de desayuno.
Necesitaba ver cosas lindas. Necesitaba respirar aire fresco. Silencio… o ruido de celebración.
Necesitaba encontrar algo que me hiciera sentir algo.
Lo que fuera.
Sabiendo que tenía, allá arriba, en el polvo estelar, un cuidador especial.
A aquella a la que le había hecho la promesa de vivir.
A vos.
Mi Irene elegante. Mi Ilda humilde.
Mi mamá, que me arropó y me amó incluso cuando no había salido de su útero.
Gracias.
Por eso emprendí este viaje.
Algunos le dirán huir. Yo le digo; Vivir de verdad.



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